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lunes, 10 de marzo de 2014

Retiro espiritual: El camino de la contemplación y el silencio

Una fuerte experiencia de Dios, entrando en la belleza de la contemplación y descubriendo la importancia del silencio como la puerta a la interioridad. Experiencia inolvidable. El fin de semana del 7 al 9 de marzo, al comienzo de la Cuaresma, nos reunimos en la Casa de Espiritualidad de Santa María de las Mogarizas (Chiclana) 28 personas muy diversas, religiosas, vírgenes consagradas, seglares, jóvenes, adultos y mayores. Impactante el testimonio de una joven, casada, con una enfermedad crónica que había que ayudarle al andar para desplazarse de un lugar a otro, en continuo dolor y una sonrisa en su rostro. Como una hoja seca que en el otoño cae del árbol y se balancea hasta caer suavemente sobre el suelo, así esta hermana, mientras silenciaba su cuerpo y se identificaba con esa hoja, sintiéndose pobre y débil, caía en las manos de Dios, desapareciéndole el dolor y descansando en Dios. Dos hermanas religiosas keniatas nos elevaban con su canto angelical y su ternura y bondad derramada durante todo el retiro sobre esta joven enferma. Un silencio profundo reinaba en todos nosotros, una búsqueda de Dios incesante, una lucha con nosotros mismos, un verdadero combate espiritual en nuestro deseo de conversión. 
El Espíritu ha querido traernos a la soledad y al silencio, al comienzo de la Cuaresma, para adentrarnos en los cuarenta días de desierto con Jesús. En la madrugada del sábado al domingo, a las 3 h. nos levantamos para estar con el Señor en una oración que tuvo dos partes, la primera, una adoración de la cruz, escuchando un texto inspirado en los escritos de la Madre Teresa de Calcuta, «Tengo sed de ti». Escuchábamos la voz de Jesús que nos hablaba al corazón. Desde la cruz gritaba «Tengo sed». Cómo abríamos la puerta de nuestro corazón y Él entraba en nosotros a compartir su amor, su misericordia y su paz. Cómo arrodillados e inclinando la cabeza sobre la cruz descargábamos sobre Él nuestras preocupaciones, agobios y cruces. Cómo le presentábamos a todos los crucificados de la tierra. Y la segunda parte de la oración fue desarrollada en torno al Santísimo, en medio de la noche impartí la bendición a cada uno de los participantes y ante Él le decían «Señor Jesús, convierte mi corazón, lléname de ti». 
En el silencio no había otras voces, sólo su Voz y su Presencia que era más fuerte que la nuestra, todo envuelto en un halo de santidad, de inmenso amor, fuimos tocados y ungidos por el Espíritu. Un buen comienzo para adentrarnos en la Cuaresma, en busca de la santidad y entrega a los hermanos.


Lázaro  Albar.